Informe sobre la epidemia mundial de SIDA, 2004
En todos los países afectados, con niveles de prevalencia del VIH tanto altos como bajos, el SIDA obstaculiza el desarrollo imponiendo una carga devastadora sobre los individuos y las familias. En los países más castigados, está liquidando decenios de progresos sanitarios, económicos y sociales: reduce en varios años la esperanza de vida, agrava la pobreza y contribuye a empeorar la escasez de alimentos.
África subsahariana tiene la prevalencia más elevada y afronta el mayor impacto demográfico del mundo. En los países más afectados de África oriental y meridional, si las tasas de infección siguen al ritmo actual y no se implantan programas de tratamiento de gran alcance, hasta el 60% de los jóvenes que ahora tienen 15 años no alcanzarán su sexagésimo aniversario.
Las profundas diferencias en el acceso al tratamiento antirretrovírico quedan reflejadas en las tasas de mortalidad. En los países de ingresos bajos y medianos, esas tasas entre la población de 15-49 años son actualmente más de 20 veces más elevadas que las que corresponden a las personas que viven con el VIH en los países industrializados.
En siete países africanos donde la prevalencia del VIH supera el 20%, la esperanza de vida promedio de una persona nacida entre 1995 y 2000 es actualmente de 49 años, 13 años menos que en ausencia del SIDA. En Swazilandia, Zambia y Zimbabwe cabe prever que, a falta de programas antirretrovíricos, la esperanza de vida promedio disminuirá por debajo de los 35 años.
El impacto de la epidemia es particularmente acusado en las mujeres y niñas, pues generalmente la carga de la atención recae sobre ellas. A las niñas se las saca de la escuela para que atiendan a familiares enfermos o cuiden a sus hermanos pequeños. Las mujeres ancianas deben sobrellevar a menudo la carga asistencial cuando enferman sus propios hijos adultos y, más tarde, cuando éstos fallecen, asumen la función de padres suplentes de los niños huérfanos. A menudo recae sobre ellas la responsabilidad de obtener algún ingreso u ocuparse de la cosecha. Las mujeres mayores que cuidan a los huérfanos y niños enfermos pueden ser víctimas del aislamiento social como consecuencia del estigma y la discriminación relacionados con el SIDA. El estigma también significa que cuando una mujer contrae el VIH el apoyo familiar no es seguro; es muy frecuente que sufra el rechazo de la familia y puede perder su tierra y sus propiedades después del fallecimiento del esposo.
En algunos de los países más afectados, los niveles de vida de muchas personas pobres ya se estaban deteriorando antes de que experimentasen el impacto de la epidemia. En general, los hogares afectados por el SIDA tienen más probabilidades de sufrir extrema pobreza que los hogares no afectados; eso es cierto tanto para los países con prevalencia baja como para los que tienen tasas elevadas.
El SIDA anula los ingresos y la capacidad de producción de los miembros de la familia que están enfermos, y al mismo tiempo crea necesidades de atención extraordinarias y aumenta el gasto familiar en medicamentos y otros costos, como los gastos funerarios.
Por término medio, los gastos relacionados con la atención del SIDA pueden absorber una tercera parte de los ingresos mensuales domésticos. Las familias pueden tener que usar sus ahorros, vender bienes como tierra y ganado, pedir dinero prestado o solicitar el apoyo de su familia extensa. También deben reducir el gasto en vivienda y ropa.
En Sudáfrica y Zambia, diversos estudios de hogares afectados por el SIDA –que en su mayoría ya eran pobres– pusieron de manifiesto que sus ingresos mensuales habían caído en un 66%-80% como consecuencia de la necesidad de afrontar las enfermedades relacionadas con el SIDA.
El SIDA está agravando la escasez crónica de alimentos en muchos países donde una parte importante de la población ya está desnutrida. La epidemia está reduciendo de forma sustancial la fuerza de trabajo agrícola de los países y los ingresos familiares necesarios para comprar alimentos. Esto es particularmente perjudicial para las personas que viven con el SIDA, pues necesitan más calorías que las personas no infectadas.
Un sector agrícola vigoroso es fundamental para el bienestar y la autosuficiencia de los países en desarrollo. Ese sector representa el 24% del producto interno bruto de África, el 40% de sus ingresos en divisas extranjeras y el 70% de su empleo. No obstante, la epidemia está atacando la base agrícola de muchos países, en particular de los más afectados; se estima que para 2020 el SIDA se habrá cobrado la vida de una quinta parte o más de los trabajadores agrícolas en África meridional.
En todo el mundo, el SIDA es un importante obstáculo para que los niños puedan tener acceso universal a la enseñanza primaria para 2015 (una meta clave de la iniciativa “Educación para Todos”, de la UNESCO, y de los Objetivos de Desarrollo del Milenio, de las Naciones Unidas). Se estima que el costo adicional neto para contrarrestar las consecuencias del SIDA –eso es, la pérdida y el absentismo de maestros y la necesidad de incentivos para mantener en la escuela a los huérfanos y otros niños vulnerables– es de US$ 1000 millones anuales.
En muchos países, como Kenya, Uganda, Swazilandia, Zambia y Zimbabwe, es previsible que la epidemia contribuya de forma significativa a aumentar en un futuro próximo la escasez de maestros de primaria. Sin una planificación previsora, esos países tendrán grandes dificultades para alcanzar sus metas de matriculación escolar y una proporción aceptable entre alumnos y maestros. A medida que caen enfermos y fallecen más maestros capacitados, la calidad de la educación se resiente. Muchos países afectados no pueden sostener el costo de capacitar a nuevos maestros.
Es muy frecuente que a los niños de las familias afectadas por el SIDA, y en particular las niñas, se los saque de la escuela con la intención de compensar la pérdida de ingresos por enfermedad de los padres y gastos relacionados, para que atiendan a los miembros de la familia enfermos y se ocupen del hogar. También es posible que esas familias saquen de la escuela a sus hijos porque no puedan pagarles la matrícula escolar.
La epidemia ha creado la necesidad de unos sistemas de salud robustos y flexibles en un momento en que muchos países afectados estaban reduciendo el gasto relativo a los servicios públicos para reembolsar la deuda y ceñirse a los requisitos de las instituciones financieras internacionales. Así pues, unos sistemas ya debilitados se están viendo forzados a afrontar la carga adicional de morbilidad y la pérdida de personal esencial como consecuencia de la enfermedad y muerte relacionadas con el SIDA. En los países africanos, los estudios estiman que entre el 19% y el 53% de todas las defunciones de funcionarios gubernamentales de salud están causados por el SIDA. La epidemia está superando rápidamente la disponibilidad de trabajadores del sector de la salud.
En los países muy castigados, el SIDA probablemente reducirá la tasa de crecimiento de la fuerza laboral, ya que principalmente afecta a la población en edad de trabajar. La Organización Internacional del Trabajo prevé que para 2020 en 38 países (todos excepto cuatro en África) la fuerza de trabajo disminuirá entre el 5% y el 35% como consecuencia del SIDA.
La epidemia también afecta de muchas maneras al mundo empresarial, entre ellas aumentando los costos debidos al absentismo, la enfermedad y la selección de personal; perturbando la organización y provocando la pérdida de personal capacitado; y aumentando los gastos sanitarios y funerarios.
Habida cuenta de la situación, se requiere un nuevo plan de acción que incluya: