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COVID-19 en las cárceles: una bomba de tiempo

13 Mayo 2020

Con más de 11 millones de personas detenidas en todo el mundo y 30 millones de personas entrando y saliendo de la detención cada año, la amenaza de COVID-19 para las personas en las cárceles es muy real. En la gran mayoría de las prisiones y centros de detención superpoblados y con fondos insuficientes del mundo, el distanciamiento físico simplemente no es una opción. En situaciones donde el confinamiento cercano, las instalaciones y espacios compartidos y la falta de higiene son comunes, los reclusos y el personal de la prisión viven con el miedo constante de la bomba de tiempo COVID-19.

“Una respuesta de salud a COVID-19 en las cárceles no es suficiente. Esta emergencia mundial sin precedentes exige una respuesta basada en los derechos humanos", dijo Winnie Byanyima, directora ejecutiva de ONUSIDA. "Los países deben garantizar no solo la seguridad, sino también la salud y la dignidad humana de las personas privadas de libertad en todo momento, independientemente de cualquier estado de emergencia".

ONUSIDA, la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, la Organización Mundial de la Salud y la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito están pidiendo a los líderes que hagan de la detención un último recurso, que cierren los centros de detención de rehabilitación de drogas y que despenalicen el trabajo sexual, las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo y el consumo de drogas. Instan a los países a liberar a las personas que pueden ser liberadas y a considerar a las personas en riesgo de COVID-19, como las personas mayores y las personas con condiciones de salud preexistentes. Otras personas, incluidas las personas condenadas por delitos menores no violentos, las mujeres embarazadas, las mujeres que están amamantando y los niños, también deben ser considerados para la liberación.

A medida que continúan surgiendo informes de presos aterrorizados que cosen máscaras improvisadas, los países comienzan a tomar medidas. El Gobierno de Etiopía, por ejemplo, ha liberado a más de 30 000 prisioneros y ha aumentado las medidas de saneamiento. Indonesia está liberando a más de 50 000 personas, incluidas 15 000 personas encarceladas por delitos relacionados con las drogas. La República Islámica de Irán está liberando el 40% de su población carcelaria total, 100 000 personas, mientras que Chile liberará a unas 50 000 personas.

Declaración conjunta de UNODC, OMS, ONUSIDA y ACNUDH sobre la COVID-19 en cárceles y otros centros de internamiento

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«He salvado vidas en primera línea durante la pandemia de COVID-19 en China»

28 Abril 2020

Xiao Yang jamás olvidará el invierno de 2019/2020 en Wuhan, China. Durante los 60 días que trabajó en un hospital improvisado como enfermero de urgencias, vio la vida y la muerte, la felicidad y la pena, las lágrimas y las risas.

Xiao se ofreció como voluntario para ir a Wuhan desde su ciudad natal, Beijing, para salvar vidas. «Salvar vidas es responsabilidad de todos los trabajadores médicos», afirma. Esta dedicación está profundamente arraigada en su familia: hace 17 años, su padre trabajó como médico en la primera línea de la epidemia de SARS.

Xiao no le dijo a su novio que se iba a Wuhan hasta el último minuto. «No quería que fuera, pero respetó mi decisión», dice Xiao.

La noche de su llegada a Wuhan, los voluntarios se dividieron en dos grupos: cuidados intensivos y casos leves.

Xiao fue asignado a cuidados intensivos. Para su protección, se le exigió que usara cinco guantes y dos mascarillas. Sin embargo, la mayoría de los guantes eran demasiado pequeños para él. Al llevarlos durante más de 20 minutos le hacían daño. También le costaba respirar. «Era como si alguien estuviese cubriéndome la boca todo el tiempo», afirma.

Lo peor para Xiao es que él es asmático.  Si le daba un ataque de asma, no tendría tiempo de alcanzar su medicina por todo el equipo de protección que llevaría.

«Todos los trabajadores médicos grabamos unas últimas palabras para nuestras familias en nuestros teléfonos», afirma.

Su novio, Lin Feng, es policía. Él también está mucho más ocupado ahora debido a la pandemia de COVID-19. Cuando el COVID-19 irrumpió por primera vez en Beijing, estuvo de guardia durante muchas horas, inspeccionando las autopistas, calles y zonas residenciales.

Cuando estaban separados, la mensajería instantánea era su única vía de comunicación. Cubierto de nieve después de terminar su turno de noche, recibió un mensaje de texto de Xiao recordándole que se pusiera ropa más gruesa. Su respuesta: «Tú cuida de tus pacientes. Yo te cuido a ti».

Seis días después de su llegada a Wuhan, Xiao se dio cuenta de que la muerte podía estar cerca.

Mientras caminaba por la sala, vio cómo un paciente experimentaba una fuerte caída del nivel de oxígeno en sangre e insuficiencia respiratoria. Corrió a intubarlo, la manera más efectiva de mantenerlo con vida. Pero lo hizo con demasiada energía y su traje protector se rompió por la espalda; un compañero le tapó el agujero para que pudiera seguir trabajando.

Cuando el paciente estaba estable, Xiao no podía apenas respirar y sentía unos dolores punzantes en las manos, los oídos y la cara: había llevado las mascarillas, los guantes y el traje protector demasiado tiempo. Cuando desaparecieron los dolores, le invadió el miedo. Por el agujero se podía haber infectado fácilmente por el nuevo coronavirus. Además, le recordaba los riesgos a los que se enfrentaba todos los días. «Solo puedo rezar para estar bien», explica. «Estaba preparado para lo peor cuando decidí venir».

Muchas personas de la comunidad de lesbianas, gays, bisexuales, transgénero e intersexuales, como Xiao y Lin, han trabajado duro para contener el virus y salvar vidas durante la pandemia. En el Centro de Wuhan de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Transgénero, 26 voluntarios trabajaron contra reloj para entregar medicinas a las personas que viven con el VIH. Desde ONUSIDA, nos sentimos orgullosos de haber apoyado sus esfuerzos conectando el centro con las autoridades sanitarias locales para facilitar la entrega de medicinas. También ayudamos a que las recibiera la población china seropositiva residente en el extranjero y apoyamos la creación de un número de atención que ofrecía servicios de asesoramiento para las personas que viven con el VIH. En consecuencia, los centros pudieron entregar medicinas a más de 2600 personas y el número de atención ayudó a otras 5500.

«En principio iba a estar una semana, pero me la extendieron a tres y después a más tiempo», afirma Xiao, conteniendo las lágrimas.

Se fue a principios de abril, cuando disminuyó la pandemia de COVID-19 en la ciudad. Dice que lo recordará todo, pero no quiere revivirlo. Nadie debería.

Ahora, a salvo con su novio en Beijing, recuerda las palabras del piloto en el vuelo a Wuhan: «Este vuelo es de Beijing a Beijing, con escala en Wuhan. Cuando hayan ganado la batalla, los llevaremos de vuelta a casa».

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Suministros de alimentos en Kirguistán para ayudar a las personas que viven con el VIH

27 Abril 2020

Como en muchos otros países, el COVID-19 no es una excepción en Kirguistán. Se han registrado casos en la capital, Bishkek, y en casi todas las otras grandes ciudades y provincias del país.

Para responder a la pandemia, el 25 de marzo se decretó el estado de emergencia en Bishkek, en Osh, en Jalal-Abad y en tres distritos. Esta medida restringe a las personas a permanecer en sus hogares de 20:00 a 07:00 y solo se les permite abandonar la residencia durante el día por razones específicas.

Como todo el mundo, las 8500 personas que viven con el VIH en Kirguistán, según estima ONUSIDA, han enfrentado dificultades tales como la pérdida de ingresos y las dificultades para alimentar a su familia.

En la pequeña ciudad de Karabalta, al norte de Kirguistán, las organizaciones comunitarias de VIH Believe in Yourself y la Red Estatal de Personas que Viven con el VIH trabajan para promover los derechos de las personas que viven con el VIH. Sin embargo, con el COVID-19, sus servicios son aún más necesarios.

El director de Believe in Yourself, Umid Shukurov, explicó que desde que se anunció el confinamiento de Kirguistán, más personas que viven con el VIH han entrado en contacto con la organización. Para muchos, el acceso a los alimentos es una gran preocupación. «Muchas personas nos llaman desesperadas, mujeres que lloran y piden auxilio. Por supuesto, ayudamos de todas las maneras posibles, pero nuestros recursos son limitados. Cuando nosotros, junto con la Red Estatal de Mujeres que Viven con el VIH, hicimos una lista, nos dimos cuenta de que 12 mujeres de nuestra pequeña ciudad están en una situación angustiosa. Algunas de ellas han sido madres hace poco o cuidan de sus hijos solas. Ayer distribuimos paquetes de alimentos y algunas mujeres no podían creer que alguien las hubiera contactado y les trajese comida. Me preguntaban: “¿De verdad nos han oído?”»

La directora de la Red Estatal de Mujeres que Viven con el VIH, Baktygul Shukurova, sabía que la red enfrentaría muchos problemas tras haberse establecido, pero nunca pensó que fueran a ser de esta magnitud. «Nuestra tarea es que las personas continúen con el tratamiento antirretrovírico. Me he visto en situaciones difíciles en mi vida y sé lo difícil que puede ser cuando no tienes nada con lo que alimentar a tus hijos. Sólo alguien que ha pasado por todo eso puede entender las necesidades de las comunidades. Cuando tú y tus hijos no tenéis nada para comer, no te preocupas por la medicación».

El acceso a la terapia antirretrovírica se está asegurando en el país gracias a la provisión de suministros de medicamentos para varios meses. Durante la pandemia del COVID-19, el centro nacional del sida de Kirguistán dotará de suministros de tres meses de terapia antirretrovírica a todas las personas que viven con el VIH y que están en tratamiento.

La Delegación Nacional de ONUSIDA en Kirguistán, con el apoyo de un programa ruso de asistencia técnica, está organizando el envío de paquetes de alimentos que dará asistencia social cubriendo las necesidades de 130 familias de personas que viven con el VIH y que se han visto más afectadas por la pérdida de ingresos. Además de la comida, los paquetes también contienen libros para colorear, rotuladores permanentes y acuarelas para los hijos de las personas que viven con el VIH, que les ayudarán a sobrellevar el confinamiento.

«Esperamos que esta pequeña ayuda permita de alguna manera que las personas que viven con el VIH continúen el tratamiento», afirma Meerim Sarybaeva, directora nacional de ONUSIDA en Kirguistán.

Nuestra acción

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Las respuestas al COVID-19 deben salvaguardar y proteger los derechos humanos de las trabajadoras sexuales

24 Abril 2020

La Red Mundial de Proyectos de Trabajo Sexual (NSWP) y ONUSIDA han publicado recientemente una declaración conjunta en la que llamaban a los países a la acción inmediata y decisiva para proteger la salud y los derechos de las trabajadoras sexuales durante la pandemia de COVID-19.

La pandemia, al igual que otras crisis sanitarias, está poniendo de manifiesto las desigualdades existentes y afectando de manera desproporcionada a personas ya criminalizadas, marginadas y que viven en situaciones sanitarias y económicas precarias, a menudo fuera de los mecanismos de protección social.

Los gobiernos de todo el mundo se están olvidando de las trabajadoras sexuales en la respuesta a la crisis del COVID-19. Mientras las trabajadoras sexuales y sus clientes se autoaislan, estas se encuentran sin protección, cada vez más vulnerables e incapaces de mantenerse a sí mismas y a sus familias. En Ecuador, el Colectivo Flor de Azalea (Asociación de Mujeres Trabajadoras Sexuales) ha destacado la repentina falta de apoyo y de acceso a los servicios básicos a los que se enfrentan las trabajadoras sexuales. «Las trabajadoras sexuales han sufrido un duro golpe debido a la emergencia sanitaria. Salimos a la calle con mucho miedo y tememos que nos violen. No tenemos dinero para comer, para el alquiler o para medicinas; los servicios sanitarios están cerrados. No hay acceso a los preservativos y muchas compañeras han muerto por el COVID-19».

«La legislación de los derechos humanos estipula que los derechos humanos son inalienables, interdependientes e indivisibles», afirma Winnie Byanyima, directora ejecutiva de ONUSIDA. «Asegurar que durante esta pandemia esto sea una realidad para todos, especialmente para los más vulnerables, es esencial, y es que también creará el tipo de comunidad resiliente que necesitamos para salir de esta».

Mientras las trabajadoras sexuales informan de las interrupciones en el suministro de preservativos, las trabajadoras sexuales que viven con VIH afirman que también están perdiendo el acceso a los medicamentos esenciales. En Eswanati, la organización Voice of Our Voices informa de que «para aquellos que están recibiendo el tratamiento contra el VIH es difícil acudir a sus citas si no hay transporte. También lo es para alcanzar los productos de prevención».

Además de la criminalización de las trabajadoras sexuales en casi todos los países, estas son también las más vulnerables a las medidas punitivas asociadas a la aplicación de las disposiciones del COVID-19. El aumento de la vigilancia policial puede exponer a las trabajadoras sexuales a un mayor acoso y violencia y, en algunos países, esto ha llevado a redadas en casas, a pruebas obligatorias de COVID-19 y al arresto y amenazas de deportación de las trabajadoras sexuales migrantes. Para aquellas que se han visto llevadas a las calles por la falta de hogar, como se ha sido el caso de muchos prostíbulos y trabajadoras sexuales migrantes, la falta de apoyo implica una escasa seguridad y medios para poder cumplir con los requerimientos del gobierno.

La penalización del trabajo sexual en la mayoría de países también supone problemas concretos para acceder a las ayudas del gobierno. En Estados Unidos, SWOP-Tucson, una red de justicia social para trabajadoras sexuales, explicó que «muchas de estas medidas necesitan pruebas de que el empleo se ha perdido o ha sido reducido debido al COVID-19. Pero como el trabajo sexual está penalizado, no es posible ofrecer ni la documentación necesaria ni pruebas del estado de desempleo o de las dificultades sufridas. Por ello, las trabajadoras sexuales no pueden recibir ni ayudas al alquiler o la hipoteca, ni reducciones en el pago de facturas ni prestaciones por desempleo.

Incluso en países en los que el trabajo sexual está legalizado en cierta medida, el sistema de subsidio ofrecido a los trabajadores del sector formal no incluye a las trabajadoras sexuales. Así ocurre en Alemania, por ejemplo, donde las trabajadoras sexuales señalan las barreras en el acceso a las ayudas para cualquier persona fuera del sistema. «Si bien el gobierno ha proporcionado un paquete para los trabajadores autónomos (registrados), no ha incluido a las trabajadoras sexuales de ninguna manera y las personas que viven aquí de forma ilegal no tienen posibilidad de acceder a las ayudas del gobierno».

A medida que la crisis mundial aumenta, las trabajadoras sexuales se enfrentan cada vez más a la difícil decisión de aislarse sin ingresos ni ayudas o trabajar poniendo en riesgo su propia salud y su seguridad. Otro problema ha sido que la mayoría de las viviendas temporales asequibles se han cerrado mientras las trabajadoras sexuales luchan por pagar el alquiler o las tarifas de las habitaciones de hotel. La inexistencia de viviendas temporales junto con el cierre de los lugares de trabajo ha resultado en una repentina falta de hogar para las trabajadoras sexuales en muchos países, una situación que se agrava en especial para las trabajadoras sexuales migrantes, muchas de las cuales están atrapadas por el cierre de fronteras.

Pese a la continua exclusión que sufren las comunidades de trabajadoras sexuales de los grupos de planificación de la emergencia de salud pública, ellas han empezado a coordinar su propia respuesta ante la crisis. Se han creado varias campañas de recaudación de fondos de ayuda mutua y emergencia, lo que ha permitido a las trabajadoras sexuales y a sus organizaciones acceder y distribuir fondos y artículos de primera necesidad. Una de estas iniciativas la desarrolló And Soppeku, una organización de trabajadoras sexuales en Senegal, que distribuye paquetes de alimentos y productos de higiene a sus miembros en tres regiones (Dakar, Thiès y Kaolack). Se están llevando a cabo iniciativas similares en todo el mundo en ausencia de medidas y ayudas por parte del gobierno.

Sin embargo, la autoorganización de personas y grupos no debe considerarse un sustituto de la urgente necesidad de ayuda del gobierno. Los gobiernos están obligados por los derechos humanos internacionales a respetar, proteger y cumplir con los derechos humanos, sin discriminación, incluso en tiempos de emergencia.

Las trabajadoras sexuales y sus organizaciones exigen protección igualitaria bajo la ley y acceso a ayudas económicas y atención sanitaria. ONUSIDA se une a esta llamada a la acción, subrayando la importancia de un enfoque basado en los derechos humanos para la respuesta al COVID-19, que debe centrarse en el empoderamiento y la participación comunitaria.

Las citas en esta noticia han sido recopiladas del Informe sobre el impacto del COVID-19 del NSWP, que recoge respuestas de trabajadoras sexuales y sus organizaciones con el objetivo de supervisar las medidas que toman los gobiernos para la comunidad de trabajadoras sexuales durante este período

Nuestra acción

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Mantener el tratamiento disponible en Pakistán durante el COVID-19

15 Abril 2020

Sentada junto a una ventana rota mientras cuenta sus pendientes, Ashee Malik (nombre ficticio), una mujer transgénero que vive en la provincia de Punyab, Pakistán, se da cuenta de que sus ingresos han caído en picado. Su única fuente de dinero es el baile, la limosna y entretener a sus clientes, pero desde que se impuso el confinamiento el 20 de marzo para parar el COVID-19, no ha podido salir de casa. Su ropa colorida está en el armario, al igual que su kit de maquillaje, que no se usa desde hace semanas. «Estamos preocupadas por nuestro bienestar, puesto que no tenemos suficientes recursos para mantenernos ni a nosotras mismas ni a nuestras familias», afirma.

La historia de Malik es parecida a la de la mayoría de las personas transgénero que viven en Pakistán, que se enfrentan al estigma, la discriminación y el aislamiento social. El acceso a los servicios de salud, la educación y el empleo es una de las muchas dificultades a las que se enfrentan las personas transgénero en el país, a pesar de la aprobación de la Ley de Protección de Derechos de las Personas Transgénero de 2018. El COVID-19 y el correspondiente confinamiento solo están complicando la situación. El 15 de abril, había más de 5900 casos confirmados de coronavirus en Pakistán y 107 muertes. 

Debido a la restricción del movimiento de personas, hay un verdadero riesgo de interrupción de los servicios esenciales para las personas que viven con el VIH, que afecta de manera desproporcionada a las personas transgénero en Pakistán.

La Asociación Khawaja Sira (KSS, por sus siglas en inglés), que trabaja con personas transgénero, ha intervenido para proporcionar apoyo trabajando con los más marginados y difundiendo información sobre cómo prevenir el VIH y el COVID-19.

«La comunidad transgénero es incluso más vulnerable debido a los prejuicios, el estigma y la discriminación que sufre. Necesitamos desarrollar un modelo de prevención para el COVID-19 teniendo presentes las dinámicas y los problemas de la comunidad en esta pandemia», declaró Mahnoor Aka Moon Ali, Directora de Programas del KSS.

Durante las conversaciones que el KSS tuvo con 150 personas transgénero, de las que aproximadamente el 30 % vive con el VIH, hubo algunos problemas que se plantearon en repetidas ocasiones. Entre ellos se encuentran la falta de ingresos y el reducido tamaño de las Dheras, hogares comunitarios para las personas transgénero en los que viven juntas cuatro o cinco personas, lo que imposibilita el distanciamiento físico. Debido a que la mayor parte de las personas transgénero contactadas son analfabetas, las campañas de salud pública sobre cómo prevenir la infección por el coronavirus no surten efecto. El miedo a la enfermedad aumenta, lo que afecta a la salud mental. El Gobierno de Pakistán ha anunciado que se facilitará ayuda alimenticia, pero las personas transgénero encuentran dificultades para acceder al programa, ya que dependen de la verificación basada en la tarjeta de identificación nacional, algo que la mayoría de las personas transgénero del país sencillamente no tienen.   

Durante el confinamiento, se están utilizando cada vez más las redes sociales y, junto con la sección de ONUSIDA de Pakistán, la KSS está difundiendo información sobre higiene, medidas preventivas y distanciamiento social en las redes sociales, además de involucrarse con la comunidad en lo relativo al COVID-19. La KSS, junto con las autoridades de los gobiernos provinciales, también está trabajando para asegurar que las personas que viven con el VIH puedan recibir en su casa repuestos multimensuales de terapia antirretrovírica.

«Como personas transgénero viviendo con el VIH sentimos que estamos en riesgo cuando visitamos los centros de terapia antirretrovírica administrados por el gobierno. Necesitamos que se nos administre terapia antirretrovírica», afirma Guddi Khan, una mujer transgénero que vive con el VIH.

Dado que el suministro ininterrumpido de terapia antirretrovírica es esencial para las personas que viven con el VIH, la Unidad de Gestión Común de Pakistán para el sida, la tuberculosis y la malaria, en colaboración con ONUSIDA y otros asociados, ha establecido plataformas virtuales y líneas telefónicas de ayuda para garantizar la continuidad de la coordinación. Se ha facilitado una reserva de emergencia de terapia antirretrovírica para los próximos dos meses a las personas que viven con el VIH. Además, se está poniendo a su disposición una reserva de estabilización por medio del Fondo Mundial para la Lucha contra el SIDA, la Tuberculosis y el Paludismo a fin de evitar interrupciones en caso de que se alteren las importaciones de medicamentos.  

«Estamos trabajando estrechamente con la Asociación de Personas que Viven con el VIH, los gobiernos federales y provinciales y la familia de ONUSIDA para vigilar la situación y ayudar rápidamente a eliminar los obstáculos que impiden el acceso a los servicios relacionados con el VIH que permiten salvar vidas en estos tiempos extremadamente difíciles de la crisis del COVID-19», afirma Elena Borromeo, Directora Nacional de ONUSIDA para Pakistán y Afganistán.

Nuestra acción

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¿Cuándo dejarán los hombres de pensar que los cuerpos de las mujeres son de su propiedad?

09 Abril 2020

Las restricciones de movimiento, el aislamiento social y el aumento de las presiones socioeconómicas en todo el mundo han dado lugar a un aumento de la violencia contra las mujeres y las niñas desde el inicio de la pandemia de COVID-19. Como dijo el Secretario General de las Naciones Unidas António Guterres, «La paz no es sólo la ausencia de guerra. Muchas mujeres encerradas por el COVID-19 sufren violencia donde más seguras deberían estar: en sus casas».

Antes del brote de COVID-19, al menos una de cada tres mujeres y niñas experimentaban violencia física y/o sexual, una de las violaciones de los derechos humanos más extendidas en el mundo. En las zonas de alta prevalencia del VIH, se ha comprobado que la violencia ejercida por parejas sentimentales aumenta el riesgo de que las mujeres adquieran el VIH en un 50%. Poner fin a la violencia contra las mujeres y las niñas debe ser una prioridad en todas partes. 

Naciones Unidas ha pedido a los gobiernos que en los planes nacionales de respuesta al COVID-19 dediquen fondos a los refugios para víctimas de la violencia doméstica. También solicita que aumenten el apoyo a las líneas telefónicas, incluidos los servicios de mensajes de texto, para que las denuncias de abusos puedan realizarse con discreción, y que ofrezcan apoyo jurídico en línea y servicios psicosociales a las mujeres y niñas. Como bien sabe ONUSIDA, estos servicios suelen estar a cargo de organizaciones de la sociedad civil y de redes dirigidas por la comunidad que, ahora más que nunca, necesitan apoyo económico. Por último, los refugios deben ser designados como servicios básicos y mantenerse abiertos, de la misma manera que las farmacias y las tiendas de alimentos.

Cuando cientos de millones de mujeres y niñas siguen siendo objeto de malos tratos y violencia, ello supone un enorme costo para ellas mismas y para sus familias, comunidades, sociedades y desarrollo económico.

«Tenemos que romper este círculo vicioso de violencia, malos tratos y desigualdad», afirmaba Winnie Byanyima, Directora Ejecutiva de ONUSIDA, en un reciente artículo de opinión. Añadió que no puede haber impunidad, que los supervivientes deben ser escuchados y que debe hacerse justicia.

 

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El nuevo mapa de innovaciones para fortalecer la respuesta al COVID-19

08 Abril 2020

StartupBlink, junto con el Health Innovation Exchange (Intercambio de innovaciones sanitarias), una iniciativa de ONUSIDA para aprovechar el potencial de las innovaciones para mejorar la salud de todos, y la Agencia de Innovaciones de Moscú, han puesto en marcha un mapa de innovaciones sobre el coronavirus.

El mapa es un directorio de cientos de innovaciones y soluciones a nivel mundial que podrían apoyar y fortalecer la respuesta al COVID-19. El objetivo es ayudar a las personas a adaptarse a la vida durante la pandemia de COVID-19 y conectar a los innovadores para que puedan colaborar en las soluciones.

El mapa proporciona información sobre cinco categorías: prevención, diagnóstico, tratamiento, información y adaptación a la vida y a los negocios. Como parte de la categoría de prevención, por ejemplo, el directorio destaca la aplicación Track Virus, que muestra dónde se ha propagado el virus en Israel, y un kit de pruebas para detectar el COVID-19 desarrollado por E25Bio que podrá entregar resultados en media hora.

El directorio también muestra las formas en que las personas pueden obtener medicamentos sin salir de su casa: las soluciones de telemedicina y entrega de medicamentos a domicilio serán tan importantes para el COVID-19 como para la respuesta al SIDA.

La categoría de información muestra cómo las personas pueden obtener información oportuna y precisa sobre la crisis y las innovaciones. Por su parte, la categoría de adaptación a la vida y a los negocios muestra cómo las personas pueden adaptarse haciendo las cosas virtualmente. En poco tiempo, las escuelas y universidades han pasado al aprendizaje electrónico y las oficinas en el hogar han sustituido a las oficinas in situ.

El mapa está diseñado para proporcionar información a funcionarios del gobierno, capitalistas de riesgo, empresarios y otros para apoyar la respuesta al COVID-19 y abordar la pandemia y su impacto.

«Nos enfrentamos a un desafío sin precedentes y necesitamos trabajar juntos para aportar las mejores ideas para vencer al virus. El Mapa de Innovación de Coronavirus tiene como objetivo proporcionar una plataforma para los innovadores, cada uno de nosotros, para colaborar y participar en la respuesta», afirma el Director de la Oficina de Innovación de ONUSIDA, Pradeep Kakkattil.

«Puedes compartir ideas o contactar con innovadores a través de la plataforma. Hemos visto una serie de herramientas e innovaciones existentes que ya están siendo reutilizadas para el COVID-19 con gran éxito y creemos que la plataforma ayudará a llevar nuevas soluciones más rápidamente a las manos de aquellos que están a la vanguardia de la respuesta», añadió Eli David, Director General de StartupBlink.

Ya se han recibido más de 500 innovaciones en la plataforma y el Health Innovation Exchange elaborará un informe sobre las innovaciones preseleccionadas que se compartirá con los países asociados para la respuesta al COVID-19. 

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Vivir con el VIH durante una cuarentena

07 Abril 2020

Pumza Mooi, residente en Puerto Elizabeth, Sudáfrica, está preocupada, ya que es una de los 2,5 millones de personas en el país que viven con el VIH, pero que no reciben terapia antirretrovírica.

«He tomado la decisión de empezar con el tratamiento», confirma Mooi. «No importa cuán alto sea mi recuento de linfocitos CD4 o cuán baja mi carga vírica, nunca estará mejor que siguiendo el tratamiento contra el VIH. Debo hacerlo por mí misma, por mis hijos y por aquellos para los que soy un ejemplo. Tengo miedo de enfermar», afirma.

La decisión de Mooi de empezar el tratamiento contra el VIH llega en un momento de incertidumbre para las personas con un sistema inmunitario comprometido, debido al riesgo de una grave infección de COVID-19. Actualmente no hay pruebas de que las personas que viven con el VIH tengan mayor riesgo de contagio por COVID-19, pero existe la preocupación de que la infección pueda ser más severa para las personas seropositivas que no reciben terapia antirretrovírica.

Sudáfrica está bajo una cuarentena de 21 días para intentar frenar la propagación de este virus y el Ministro de Salud Zweli Mkhize ha instado a toda la población a tomar precauciones para prevenir la infección. Además, subraya la importancia de que todos conozcan su estado serológico, se realicen la prueba y empiecen inmediatamente el tratamiento si dieran positivo.

«Me aterra contagiarme de COVID-19», afirma Mooi. «Da miedo pensar que ya tengo un virus (VIH) con el que mi cuerpo tiene que lidiar. Me pregunto a mí misma si mi cuerpo es suficientemente fuerte, si mi sistema inmunitario es suficientemente fuerte».

Mooi contrajo el VIH hace muchos años, cuando la recomendación predominante era empezar con el tratamiento si el paciente experimentaba una reducción en el recuento de linfocitos CD4, así que enfermó. Desde entonces ha estado monitorizando su estado. En 2016, la Organización Mundial de la Salud publicó unas nuevas orientaciones generales en las que se recomendaba la terapia antirretrovírica de por vida a todos los niños, adolescentes y adultos, incluyendo mujeres embarazadas y lactantes, que vivieran con el VIH, sin importar su recuento de células CD4. Es decir, cualquier persona diagnosticada con VIH debería empezar de inmediato con el tratamiento.

ONUSIDA monitorea de manera activa el impacto del COVID-19 y trabaja con con el gobierno, con asociados para el desarrollo y con redes de personas que viven con el VIH para asegurarse de que se escuchan las preocupaciones de las personas seropositivas y de que se reflejan en la respuesta al COVID-19. Esto incluye identificar las limitaciones de los servicios de salud, fomentar las prescripciones de medicamentos antirretrovíricos que duren más tiempo (varios meses) y ayudar a las comunidades a ofrecer soluciones. 

Utilización de redes sociales

La vida en confinamiento resulta especialmente difícil a las personas que viven en asentamientos informales y ONUSIDA ha reconocido el reto de conseguir la autoprotección, la distancia social y la contención en dichas áreas. A esto se le suman informes sobre el coronavirus que son imprecisos e inducen al miedo. «Hay mucha información en circulación, pero no toda es verdad», afirma Mooi. «Recuerdo a la gente que el gobierno nos ha dado un número de WhatsApp a través del cual podemos acceder a información veraz, sin preocuparnos de las demás. Si hay algo cierto, el gobierno nos lo dirá».

Por suerte, Mooi tiene una sólida red de apoyo tras haber dado a conocer su estado serológico en internet hace muchos años. «Sé que cuidarán de mí», afirma. Mooi modera grupos de apoyo de Facebook y WhatsApp de las personas que viven con el VIH. Estos cuentan con docenas de miembros, desde una persona de 16 años que nació con VIH hasta una mujer de 62 que lleva muchos años viviendo con el VIH.

Durante los últimos años, muchos miembros del grupo han compartido su experiencia de vida con el VIH, del tratamiento contra el VIH, de hacer frente al estigma y la discriminación, y de permanecer motivados. Su consenso es que recibir el tratamiento contra el VIH y seguirlo es la mejor opción, asegura Mooi.

Ahora hay un nuevo tema en los grupos. «Están preocupados por el COVID-19», comenta. «Les digo que no se preocupen, que estén en casa y que cuiden sus hábitos de higiene». De momento, todos saben que tendrán que acostumbrarse y cuidar unos de otros a distancia, para sobrellevar el aislamiento prolongado.

El grupo fomenta el debate, sobre todo las mujeres, aunque los hombres permanecen atentos. «Recibo mensajes de hombres que preguntan por qué no debatimos acerca de lo que les afecta a ellos, pero si no se abren, no siempre podrán contar con la ayuda que necesitan», comenta Mooi. «Animo a los hombres a que compartan sus historias y que nos podamos ayudar entre todos».

Mirando hacia el futuro

Como la mayoría, Mooi ya está deseando poder moverse con más libertad de nuevo y comenzar el tratamiento contra el VIH. Está haciendo lo que puede en casa para cuidar de sí misma, de su madre y de su hija, y para animar a sus redes de personas que viven con el VIH. «Hacemos lo que nos dicen que hagamos, como lavarnos las manos y guardar la distancia con otras personas y, simplemente, rezando y esperando lo mejor», comenta Mooi.

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El VIH es invisible pero afecta todo mi universo

06 Abril 2020

Como activistas con VIH afirmamos con frecuencia que quienes tenemos el virus podemos llevar una vida “normal” y vivirla como cualquier otra persona. ¿Qué tan parecida puede ser la vida de alguien con VIH a la de quien no tiene?

“Tenemos derecho a gozar, a hacer todo lo que tengamos ganas de hacer en nuestras relaciones sexuales, nuestros cuerpos están libres de culpas y estigmas”, suelo decir con optimismo cada vez que me paro a hablar frente a otras mujeres con VIH. Sin embargo, hay algo en lo más profundo de mi ser, de mis imaginarios, de mis prejuicios, o vaya saber uno dónde, que durante años me ha impedido liberarme por completo y hacer lo que tanto proclamo. 

Al principio, cuando recién me diagnosticaron, me negaba a tener sexo con otros por miedo a infectarlos. Luego de un mes de tratamiento los médicos concluyeron que en mi caso la carga viral —es decir, la cantidad de virus en la sangre— era indetectable. Cuando es así, no hay posibilidad de que transmitas el VIH. A pesar de eso, yo no podía tener sexo. No quería.

La sola idea de recibir sexo oral me repugnaba, imaginar mi fluido vaginal en la boca de otro me daba terror. Sabía que la probabilidad de transmitir el virus a través de sexo oral era tan baja que se podía considerar inexiste, sabía que tenía disponible la barrera de látex como método de protección, sabía también que no me habían detectado carga viral, y ni así había forma de que volviera a desearlo.

Después de mi primera relación sexual, a los dieciséis años, jamás imaginé que me tocaría vivir algo así. Ni fumada me lo hubiera imaginado. Me sentía hermosa, segura, sexi, hasta que a los diecinueve el virus se metió dentro de mi cuerpo y destruyó toda esa seguridad como una bomba nuclear.

Cuando luego del diagnóstico me fijé por primera vez en un chico, él le dijo a una amiga que yo le parecía linda, que lástima que tenía granitos en la cara. Esos granitos eran una reacción a los retrovirales que comenzaba a tomar. Tenía la cara muy irritada. Mi amiga me vino a dar la noticia contenta, pero yo en cambio me fui directo al baño a llorar. Esa fue una de mis primeras derrotas.

La inseguridad atraviesa todos nuestros vínculos sexoafectivos. Sobre todo cuando apenas son una posibilidad. Fíjense en esta diferencia: cuando a alguien que no tiene VIH, o que no sabe que lo tiene, le gusta otro u otra y quiere coger, por lo general si el prospecto está en la misma onda, van y cogen. No ocurre lo mismo cuando tienes VIH. Siempre está ese momento incómodo en el que debes contarle al otro u otra que tienes el virus y esperar a que sea él o ella quien decida.

Te diagnostican con VIH y entras a un espacio desconocido. Desubicada y con todo por explorar, sientes dolores en lo más profundo del cuerpo. Y digo cuerpo pero pienso en algo aún más profundo: el VIH no se ve, no lo veo pero lo siento, afecta todo mi universo.

Desde que está conmigo, el virus está controlado en términos clínicos. En términos sociales, mentales, afectivos, no. Lo de no tener relaciones sexuales me duró un año, nueve meses más permanecí sin recibir sexo oral. Varias veces estuve a punto de llegar al orgasmo hasta que un pensamiento fugaz sobre el virus aparecía en mi cabeza de repente y lo interrumpía todo sin piedad.

Algunas mediaciones para el VIH causan redistribución de las grasas y de la masa muscular en el cuerpo. Como explicó hace unos años en una nota el médico argentino Damián Lavarello, los tratamientos pueden generar lipoatrofia, que es “la desaparición de la grasa en algunas zonas del cuerpo como la cara y los miembros” e hipertrofia, que se refiere a la “acumulación de grasa en abdomen, espalda o pechos”, y que “genera déficits en la calidad de vida de los pacientes”.

Cuando recién comencé el tratamiento temí que me diera hipertrofia, así que me dediqué a hacer ejercicio sin parar. Durante diez años continuos entrené en el gimnasio de tres a cinco horas diarias. Me daba pavor que mi cuerpo cambiara de forma porque sabía que si eso pasaba no iba a querer tomar más la medicación y entonces mi salud iba a decaer. Sentía que estando bien buena en términos machistas hegemónicos quien considerara rechazarme lo iba a pensar dos veces.

En 2018, después de quince años de tomar Nevirapina y 3TC Complex, cambié la medicación. Además transité mi primer embarazo a término. Y engordé, pero solo de algunas partes y de una manera muy extraña. Tan extraña, que con frecuencia algunas personas me llaman la atención sobre mis brazos. Yo no les pregunto, pero se creen con el derecho de opinar.

Sé que después de un embarazo es posible quedar con las caderas más anchas, con un poco de panza y uno que otro gordito, pero nunca escuché que alguien quedara con los brazos tres veces más grandes. Luego de darle vueltas al asunto concluí que podía ser la medicación nueva la que estaba causando algunas alteraciones. Por primera vez sentí deseo de cambiar de medicación; eso sí, me daba miedo hacerlo porque cuando tienes VIH cambiar de medicación significa no saber si la siguiente te va a hacer efecto y qué consecuencias secundarias te va a traer.

Ahora que soy madre, los temores en relación con mi cuerpo han cambiado. Si anteriormente estaban ligados a la sexualidad y al placer, ahora tienen que ver con los efectos secundarios de los medicamentos. Y no tanto con los que tienen que ver con mi apariencia física. La medicación puede causar dolor de cuerpo, dolor en las articulaciones, cansancio extremo. Quizás después de diecisiete años de tomar, algo comience a sentir.

Quienes tenemos VIH no tenemos certeza de qué pasará con nuestros cuerpos y con nuestra salud en el futuro. Claro, de algún modo nadie la tiene, pero nosotras tomamos diariamente una medicación que produce efectos secundarios y que apenas existe hace treinta años. ¿Cómo sabemos qué desgastes nos traerá de sorpresa? ¿Qué posibles efectos a largo plazo no fueron estudiados?

Saber de compañeras que están teniendo problemas de salud luego de veinte, veinticinco o treinta años de tener VIH y tomar la medicación te deja paralizada, con temor a lo que te puede tocar vivir.

Es que, como decía una noticia publicada en 2018 por el instituto de investigación del sida IrsiCaixa, “gracias al éxito de la terapia antirretroviral, la comunidad científica se enfrenta hoy en día a un reto inesperado hace años: el envejecimiento de las personas con VIH. La infección por el virus del VIH causa un envejecimiento prematuro del sistema inmunitario y una inflamación crónica en los pacientes, que se traducen en un aumento de la propensión a patologías renales, osteoporosis, algunos cánceres, deterioro cognitivo y enfermedades cardiovasculares”.

Mi mayor temor hoy es que alguna enfermedad colateral a la toma de la medicación interrumpa la vida tal como la llevo ahora con mi hija y mi pareja. Que con el tiempo mi cuerpo se debilite y se sienta agotado, y debamos alterar nuestras rutinas. Muchas veces tengo la fantasía de tomar unas vacaciones de la medicación, pero me detiene el terror a lo que esto puede causar. Me cuesta hasta poner en palabras todas las sensaciones que me produce pensar en el destino de mi cuerpo medicado; esta es la vez que más cerca he estado de hacerlo.

También desde que soy madre he comenzado a hacerme algunas preguntas. ¿Por qué nunca nadie me dijo alguna vez cuánto iba a doler no poderle dar teta a tu bebé? ¿Cómo puede ser que personas que trabajan hace más de quince y veinte años sobre la agenda de VIH me pregunten si estoy amamantando? ¿Que tantos me recordaran que bajaría más rápido de peso al amamantar? ¡A las mujeres con VIH no nos dejan amamantar! ¿Cómo puede ser que esas mismas personas que conocen la agenda del VIH me pregunten si me hicieron cesárea como única opción? Jamás imaginé que compañeras y compañeros activistas en Derechos Humanos me harían sentir tan mal con sus comentarios.

Quienes tenemos VIH no somos enfermos, pero hoy, después de diecisiete años de tener el virus dentro, pienso que este no solo está en el cuerpo. Insisto: el virus penetra todo nuestro universo. Entonces me pregunto si realmente puedo decir que llevo la vida como cualquiera que no tiene VIH o si el que doy, al igual que otras mujeres activistas con VIH, es solo un mensaje político positivo. ¿Cómo podemos seguir llevando un mensaje así y ser coherentes con él?

Acerca de este artículo

Este artículo fue publicado originalmente por VICE en Español como parte de la edición Cuerpo: narrativas personales. ACCEDA AL ARTÍCULO ORIGINAL AQUÍ

 

TEXTO POR MARIANA IACONO

RETRATOS DE MARIANA IACONO POR DOLORES LUNA 

EDITORAS FOTOGRÁFICAS: FOTÓGRAFAS LATINOAMERICANAS

Feature Story

Homenaje a Gita Ramjee

01 Abril 2020

El 9 de marzo dejé mi hotel en Brasil. Habíamos terminado una reunión fascinante sobre la integración del VIH con otras enfermedades y programas de salud. Había muchos golpecitos de codo y sonrisas discretas por la falta de abrazos con los colegas de Brasil y de todo el mundo. Sabíamos que venían olas, pero las playas aún lucían hermosas. Incluso bebimos cerveza Corona con la cena.

Estaba emocionado y reservé para ir directamente a Boston para la edición de 2020 de la CROI, la Conferencia sobre Retrovirus e Infecciones Oportunistas. Aparte de la alta calidad de la ciencia presentada en la CROI, siempre me encantan los pasillos. Siempre había mucho tiempo para reunirse con amigos y colegas, muchos de los cuales habían estado juntos durante los últimos 25 años, o más, que ha durado la pandemia del VIH. Vi a Gita Ramjee en todas las reuniones y estaba deseando encontrarme con ella de nuevo.

Por desgracia, eso no sucedió. Mi teléfono me notificó un correo electrónico anunciando que la conferencia ya no se realizaría en Boston, sino que se realizaría de forma virtual.

Gita ya estaba en Londres, de camino a una reunión desde Sudáfrica. Al oír que el CROI iba a «virtualizarse», Gita estaba encantada de quedarse en Londres unos días más. Últimamente pasaba más tiempo en Londres porque quería estar con sus hijos y con su nieto, que viven allí. Visitó la Escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres, donde tiene una cátedra honoraria por su trabajo en los ensayos de prevención del VIH. Mis colegas de allí me dijeron que estaba de su buen humor habitual—amable, colaborativa, sencilla y llena de integridad y determinación para conseguir cosas. Volvió a Sudáfrica aquel fin de semana y dio una charla a distancia el 17 de marzo en la Escuela de Londres. Dos semanas después falleció, siendo una de las primeras muertes por COVID-19 en Sudáfrica.

Gita es un extraordinario ejemplo de resiliencia y determinación. Nació en Uganda y escapó del régimen de Idi Amin. Continuó sus estudios en la India y después fue a la universidad en el Reino Unido. Allí conoció a quien sería su marido, un sudafricano también de ascendencia india. Se mudó a Transvaal con él, pero ambos odiaban aquella vida segregada, que contrastaba claramente con la sociedad de Reino Unido, más abierta. Así que se trasladaron a Durban, una ciudad más adecuada para ellos, y Gita empezó a construir los dos pilares de su vida: su familia y su carrera profesional.

Su importante trayectoria liderando la investigación de la prevención del VIH, en particular para mujeres y más en concreto mujeres desfavorecidas y trabajadoras sexuales, le ha dado el prestigio mundial: premios científicos durante toda su vida a la excelencia otorgados por Sudáfrica, un premio a la científica por excelencia de parte de la Asociación de Ensayos Clínicos de Europa y los Países en Desarrollo, doctorados honoris causa, etc. Para mí, siempre fue un rostro amable y alguien con quien podía quedar y charlar, no solo de ciencia, sino también de nuestros hijos y nietos, de Londres, Durban y mucho más.

La ola de COVID-19 rompe en nosotros ahora y su fuerza es impresionante. Gita fue una de las primeras pérdidas de la epidemia africana, ya que era una estrella mundial; su muerte es una dura advertencia. Millones de personas pobres de África meridional y oriental, muchas seropositivas, se enfrentan ahora a un terrible desafío. Los frágiles sistemas social y sanitario, la dependencia en los trabajadores del sector, el hacinamiento en las viviendas y la falta de agua y electricidad forman una horrible perspectiva. El número de muertes aumentará drásticamente, en parte por las infecciones directas por el virus, pero mucho más por las repercusiones en el sobrecargado sistema de salud y las frágiles redes de seguridad de protección social. ¿Cómo se espera que mantengan la distancia física millones de personas asustadas que viven en abarrotadas viviendas compartidas y dependen de su salario diario para comprar comida?

Gita creía en los derechos y el bienestar de las trabajadoras sexuales y luchó por conseguirlos. En 2007, declaró lo siguiente en el periódico The Guardian: «Las historias que nos contaban eran horribles. Entonces supe que me quería involucrar en la prevención de la infección por el VIH en mujeres». Sé que ella querría que diéramos un paso adelante y estuviéramos a la altura del desafío del COVID-19, que no es solo una crisis de salud pública, sino también un reto a la inequidad, la pobreza y la falta de solidaridad mundial.

 

Peter Godfrey-Faussett, Asesor Principal de Ciencia, ONUSIDA

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